31.7.11

Marcha popular indignada. Vivel Del Río


Transitando los caminos y carreteras de un Teruel olvidado, se nos viene a la mente, quizás por coincidencia geográfica, una lucha que dejó a un pais dividido en dos posturas irreconciliables. Las piedras de las iglesias y masas fueron testigos de una guerra represiva donde el fascismo avanzaba hacia el mar obligando el retroceso inevitable de las libertades republicanas.
Cuarenta años más tarde, no podemos evitar la sensación de estar reconquistando de forma pacífica el camino que las armas obligaron a perder. Somos herederos de otras luchas, infantes de las movilizaciones y las reivindicaciones que no deben obviar la convulsa historia del país en el que ultimamente sobrevivimos.
Al pasar por Vivel Del Río, un pueblo que fallece lentamente, con una media de edad superior a cincuenta años y con una población de unas cien personas, uno de sus vecinos nos contaba que el pueblo fue uno de los grandes frentes de batalla, que estuvo siete meses ocupado por los republicanos y catorce por los nacionales. También nos contaba cómo el cooperativismo del que tanto hablamos en nuestras asambleas fue exterminado a sangre. Ahora la represión se manifiesta de unas formas mucho más sutiles, pero igual de eficaces, pues el descenso de la población parece inevitable. Realmente, Teruel no existe.
La falta de inversión pública en las necesidades reales de las personas y los pueblos contrasta con la gran inversión en Motorland, que fue construido con una eficiencia sorprendente. Realmente, en este país solo hay dinero para lo que interesa, y las personas, la agricultura, el medio, la sanidad o la educación nunca son una de estas cosas.
Desde aquí, mientras caminamos insistentes, los pueblos nos expresan la necesidad imperante de un cambio real que no sea un simple eslogan político, un cambio que anteponga el valor y las necesidades de las personas al dinero, pues este solo pretende potenciarse a sí mismo.
No importa cuantos pueblos acaben siendo fantasmas, cuantos ríos contaminados o explotados por una empresa privada o una central nuclear, no importa cuantas reivindicaciones o historias de estos apasionantes lugares sean olvidadas, pues lo único que sigue imperando es el capital privado y su exponencial crecimiento.

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