20.1.11

Todo es posible.


Cuando el 12 se convierte en un número mágico...


" Yo tenía una esposa y la quería mucho. Vivíamos en un barrio Moscú, en un cuartucho sin apenas muebles. Hasta el punto de que comíamos en el suelo, por que no teníamos ni mesa. Yo era un colaborador científico de baja categoría en un instituto de investigación física y desarrollaba mi proyecto. Por lo que mi mujer, tenía que trabajar en tres sitios para poder llegar a fin de mes.

Abreviando, inventé un nuevo diodo de cilindro. En el instituto me felicitaron, me premiaron con 50 rublos y me propusieron otra cosa. Y así llegué a casa, con el fruto de 3 años de trabajo, 50 rublos. Mi mujer no se lo podía creer. Una importante empresa extranjera, me propuso comprar mi patente por mucho dinero, pero me negué. Yo quería que esto funcionara en nuestro país. Recorrí con mi propuesta muchos departamentos donde me decían: es genial. Pero nadie quería mi invento. Nadie.
Empecé a beber, a beber a lo bestia. Perdí mi trabajo, a mi mujer, pero nada me importaba. Solo la bebida mañana, tarde y noche. Día y noche estaba asquerosamente borracho. Hasta daba miedo. Presentí que iba a morir pronto, y ese pensamiento me reconfortó. No me asustó en absoluto, solo quería una cosa. Morir. Empecé a buscar la muerte, sinceramente la empecé a buscar. Me pegaba con la policía, me metía con la gente, con los vecinos. Me agredía y acuchillaban. Dormía en la calle, pasaba mi tiempo en los hospitales, destrozado. Y de rrepente remontaba, y en casa como un perro me lamía las heridas. Y a empezar de nuevo. Solo temía una cosa, tirarme a las vías del tren o saltar por una ventana. Tenía miedo, no se porqué.
Un día iba en el tren tremendamente borracho sucio y asqueroso. Estaba lleno de gente, y empecé a meterme con todo el mundo, gritandoles, insultandoles. ¿Y saben ustedes lo que pasó? Me observaba a mi mismo regodeandome en mi propia mierda. Solo soñaba encontrarme con alguien que me empujara del tren en marcha y que mis cesos se esparcieran, acabaran esparcidos por las vías. Todos estaban en silencio, ni me miraba. Sentados, callados. Excepto una mujer que iba con una niña de unos cinco años. Oí como la niña decía: mama, está loco, me da miedo. Y la mujer le contestó: No, no está loco, simplemente es muy infeliz.
Vendí mi invento a una empresa extranjera y ahora se utiliza practicamente en cada teléfono móvil. Ahora represento a esa compañía, pero eso no importa. Aquella mujer es mi esposa, la niña es mi hija y tenemos otro hijo de cuatro años.

Probablemente, ese chico deba pudrirse en la cárcel. Puede que sea su destino, eso no lo sabemos. Yo estaba destinado a morir bajo un puente, pero no fue así, por que una persona, solo una, me prestó atención y no me permitió permanecer en mi miseria ni en mi soledad. "


Una película para sentir, aprender, creer y ver 12.000 veces.
No hay ni un solo segundo de ella, que no merezca la pena.