24.6.10

Marisco y vino.


Baila sobre los pasos de una de sus canciones favoritas, no sabe explicar el porqué, y nunca sabrá hacerlo. Basta un sonido, una estrofa, una intuición para desbancar al mundo figurativo e interpretar a ese otro estado que nada tiene que ver con los sentidos, que depende de los estímulos y de la sensaciones. Las gafas de sol no me dejan ver tus ojos ni tus interpretaciones. No se como puede acabar esto, pero una nueva melodía suena y cada segundo se vuelve más intenso. El tío que encabeza la carrera, nos guía por un camino que jamás llegaremos a comprender y donde las mentiras se vuelven parte de nuestro sustento. Nada podemos hacer por mejorar esa vieja guitarra que suena cuando llegas a Boston. Un te quiero suena tan lejano como nuestra palabras retumbando contra las cristaleras de nuestro piso de Les Corts. No sabemos donde estamos ni la influencia de nuestros pensamientos, pero tenemos la esperanza de ser más que nada, de ser un apoyo, una fuente de vitalidad donde un asolado desierto reinaba.

Cuando la lampara de ikea funciona como micrófono y las gafas de sol me transportan al Ray Charles de los años 70, nada puede desilusionarte, lo eres todo.
Sin ti, este mundo no tendría sentido.
Eres ese caballo que corre libre por el campo.

20.6.10

Fugacidad infinita.


Año tras año, un extraño. Un fragmento de otro mundo. Algo desconocido.
Una lluvia de deseos, allí donde el cielo se muestre generoso, desprende de su piel pedazos de su alma. El exquisito suceso consigue reunirnos frente a la noche estrellada, para observar ese dinámico momento como si fuera el último. Una visión anual, un encuentro que nunca dejará de ser especial. La nítida realidad de las luces de la ciudad empañan su esplendor. Olvidarnos de nosotros mismos, de nuestras vidas, es lo mejor que nos puede pasar, pues nada debería empañar tus lágrimas San Lorenzo.
Aunque presuma de saberlo todo de ti, imitando a un Freud reinventado, nunca he sabido como mirarte. Resultas tan imperceptible como el aire. Perseguirte es trabajo de los artesanos que te buscaban entre la bruma de nuestras cumbres. Primavera de Boticelli, transformación en estado puro en la noche de Madrid.
Eres un resplandor, un instante abrumador. Posees una belleza inexplicable que simplemente sobrecoge. Salvaje, desconocida, volátil y atractiva.
No se como llegó a mi tu visión, solo se que hay algo de entrópico en nuestra relación. Puede que hoy llueva en Italia, puede que Barcelona no me deje ver el sol, pero estoy seguro de que pase lo que pase, yo nunca dejaré de añorarte. Ya no es una cuestión de atracción, ahora simplemente es admiración. Seguiré esperando, como cada año, que llegue ese día de verano en que iluminas mi noche.
Aunque nuestros encuentros solo puedan ser fugaces, para mi siempre serás eterna.

¿Cuanto hace que no paras y miras al cielo?

8.6.10

Atrapados entre la vigilancia y el sueño.


" Sigo viéndote llorar cada mañana delante de mi, sin mirarme, con tu vestido rojo erosionado por el tiempo, con tu sublime melancolía enmarcada por la profunda luz de la mañana. Sigues abrumándome con ese dolor que yo he provocado y que ahora solo puedo contemplar impotente.
"

Finalmente iba ha poder subirme al avión. Los 30 minutos que tarda un taxista en llegar desde Barcelona al aeropuerto del Prat, no habían sido suficientes para asimilar la extraña sucesión de actos paranoides que parecía haberse apoderado de mi mente. Las imágenes y los conceptos se escondían entre la ensoñación y la realidad, dejando atrás todo aquello que creía conocer y controlar. Me sentía como un extraño en el lugar que hasta el momento había sido mi hogar, mi mundo.
Al entrar por las “integradas” puertas giratorias, una mirada me desveló un nuevo mundo. Tuve la sensación de que todo el mundo me vigilaba, me seguían, observando de soslayo como si me pasara algo, como si fuera un famoso convicto recién salido de la Modelo. Cada paso que daba por el reflectante suelo me llenaba de un vértigo aterrador, de una soledad y un vacío que superaban incluso las fuerzas de mi cuerpo. Todo me pesaba profundamente, no podía quitarme la sensación de llevar mil ojos clavados en la nuca, juzgándome, analizando cada movimiento, esperando el momento oportuno para abalanzarse sobre mi como hienas en la Sabana, hambrientas de sangre y carroña. No sabía quien me perseguía, si pretendían matarme o arrestarme, o si simplemente seguía en una de mis nuevas crisis paranoicas.
Decidí seguir mi camino dejando mi integridad en manos del azar, pues yo estaba demasiado desorientado para poder repercutir en mi destino. Los pasos marcaron un ritmo disimuladamente tranquilo y la cabeza gacha consiguió evadirse de las amenazantes miradas.
Poco a poco conseguí atravesar las diferentes estancias hasta llegar a la larga terminal donde las cintas te agilizan el camino. No tenía muy claro si aquello había terminado cuando me percaté de un sutil detalle. El cambio de temperatura entre el suelo y la cinta, me había delatado que iba descalzo. Aquello se me antojó claramente psicótico, pues aunque hacía más de un año que había cogido el taxi, recordaba perfectamente que llevaba zapatos puestos. Me volvía a sentir desnudo, pero no lo estaba y el aspecto de mis pies era deplorable, parecía extremadamente enfermos. Tenían ese tono blanco tirando a transparente que te permite ver con claridad las hinchadas venas y sus hematomas. Ni siquiera me parecían mis pies, cada vez tenía más claro que aquello no podía ser real.
Al cerrar los ojos, pude verme desde una cámara de seguridad situada por encima del ángulo de visión de las personas. Me veía a mi mismo descalzo dejándome llevar por aquella cinta transportadora con cara de asustado, sin saber a donde iba en realidad.
(En ese momento, escucho un ruido que proviene de la puerta de la habitación de enfrente. “Pero eso es imposible, llevo tres días solo en casa escribiendo todo esto, nadie más me acompaña.” Mi corazón se acelera e intento escuchar con detenimiento. Al instante intuyo que la manecilla va a empezar a girar, como en una película de terror, y así lo hace, suelto el ordenador sobre la cama y me preparo para lo peor, la puerta se abre y apareces tú. ¿Y quien eres tú? ¿a caso eres un lector?. ¿Que haces aquí? ¿Vienes a matarme o te mueres de curiosidad? ¿No serás tu quien me vigila en el aeropuerto verdad?)
Al volver a abrir los ojos, veo la inmensa cola de gente que espera para coger mi avión, pero ahora que he descubierto que estoy siendo vigilado, no tengo claro que ese vuelo sea mi destino. Me voy acercando a la cola mientras me lo pienso y veo que todas esas personas están muy obesas, exageradamente, y además llevan muchísimas bolsas y maletas de todo tipo. Dan la impresión de llevar años haciendo esa cola.
Vuelvo a sentirme agobiado y empiezo a buscar una salida urgente. Al mirar a la izquierda, en la otra banda de la terminal, una escultura que ahora viste de verde y que por fin me mira a los ojos, empieza a insinuarme de una forma casi telepática hacia donde dirigirme. Esa mirada es el principio de mi propio camino.
Al acercarme, ella me saluda con una sonrisa cómplice, esta vez sin lágrimas, para acabar diciendome: Este es el destino que siempre habías deseado, pero debo advertirte que estarás completamente solo en ese avión. Nadie puede acompañarte ni ayudarte a terminar la historia, solo tú mismo puedes hacerlo. Yo seguiré esperándote cada día, porque sin ti no puedo respirar, no puedo vivir...

Intenté responder, pero ella me calló con su dedo en mis labios, así que empecé a caminar hacia la pasarela que me llevaría a mi destino. En la pantalla de información, dos palabras intercambiaban destellos.
Muerte = Vida.


Segunda parte de “Atrapados por la corriente” publicado en abril de 2009

6.6.10

Sensibilidad convencionalizada impuesta con sangre


Si aun no has visto lo que hay detrás de la montaña, afortunado de ti. No te presiona el pecho el saber, no sufres las nauseas de la injusticia, no mueres de ganas de morir por la irremediable impotencia que te absorbe cada gota de energía, cada aliento.

Subirse sobre la mesa y taconear, despojarse de las vestiduras, cambiar el punto de vista y la apariencia, conseguir una visión global de cada centímetro de tierra.
Soy el cigarro a punto de convertirse en colilla que en un intento desesperado de cambiar el porvenir, utiliza su calor y la presión del dedo para intentar atravesar la capa de barniz que protege la madera de la mesa. Pero en estos tiempos, incluso la madera es insensible al fuego y este asqueroso vicio usado por este autor como metáfora transgresora acaba apagándose como el resto de los de su especie, sin que aquello que en algún momento soñó que podría realizar ocurra.
Así es el destino llamando a la puerta, así es cada uno de los cigarros que luchan contra la capa de barniz, así son todas las personas que intenta explicarle a la perdida sociedad cual es el camino, a quien creer y a quien tratar como las sanguijuelas con corbata y coche oficial que son.
¿Y que podemos hacer si la capa de barniz es impenetrable?, ¿si los niños rodeados de moscas solo consiguen que cambiemos de canal?, ¿si la injusticia, la injuria y la muerte forma parte del día a día de una forma aberrante?
¿Debo a caso tirar la toalla, irme a vivir a una cabaña de “barnizada” madera, perdida en medio de la nada donde ninguna señal de este oscuro mundo pueda afectarme?
¿Debo convertirme yo también en la insensible madera en la que os habéis transformado?
¿Es a caso la banalidad, la ignorancia y el egoísmo la única forma de ser feliz?
Si es así, elijo el dolor, elijo la tristeza y las lágrimas, elijo vivir incomprendido y odiado. No es la manera más bella de sentir, pero al menos seguiré estando vivo, al menos no seré madera...